Guías Homiléticas
 13 Febrero / SEXTO  DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
/ Jr 17, 5-8 / Sal 1, 1-2.3.4 y 6 / 1Co 15, 12.16-20 / Lc 6, 17.20-26 
Del Evangelio según san Lucas  

En aquel tiempo, Jesús descendió del monte con sus discípulos y sus apóstoles y se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y de Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón. Mirando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán. Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas. Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”.        

Palabra del Señor

¿EN QUIÉN DEBO CONFIAR?

Jeremías, el profeta, nos expresa en su libro que el Señor nos invita a poner el corazón en Él, y además, maldito es el hombre «que confía en el hombre» y bendito es el hombre «que confía en el Señor». Los que a nosotros nos parecen malditos -los pobres, los hambrientos, los que lloran, los insultados- ya no pueden confiar en los hombres porque son precisamente los hombres que los han hecho así. Los rechazados por los hombres no tienen remedio que confiar en Dios. Y por eso los aparentemente «malditos» son en realidad los dichosos. El impío no está caracterizado, de una manera inmediata, como alguien que obra el mal, sino como un hombre que confía en sí mismo y en las cosas humanas («se apoya en los mortales») y encuentra su seguridad en ellas (cf. Sal 145,3ss). Es alguien que se aleja interiormente del Señor: de esta actitud del corazón no pueden proceder más que acciones malas. Es la vida practica del Israelita, del creyente… es el contraste entre el desierto, como sequedad, sin agua… el hombre acude a Dios porque en Él, está la verdadera agua que nos nutre en la vida (Salmo 1). Por eso, si queremos tener vida, debemos estar junto a la corriente del agua o sino nos secamos. ¿En quién pongo mi confianza? ¿En dónde está mi corazón?

La esperanza cristiana se expresa asimismo en estos términos: la muerte ha sido vencida; la vida nueva en Cristo ya ha sido inaugurada; en Cristo viviremos para siempre la plenitud de la vida, en la totalidad de nuestro ser humano: cuerpo, alma y espíritu. No se trata, por consiguiente, de una esperanza atribuible a criterios humanos, sino de una esperanza-don, prenda de un bien futuro, que superará todas las previsiones humanas.

EL CAMINO

A cada bienaventuranza, san Lucas nos coloca una maldición, esta forma literaria para expresar lo que significa vivir en el Reino de Dios, un camino de perfección, de caridad, de felicidad. Nuestro corazón no está puesto en los bienes materiales, sino en el Señor. Este camino debe ser de verdadera convicción en un camino constante de la búsqueda de felicidad.

Para cualquier lector desprevenido, san Mateo presenta las bienaventuranzas (siete con decadencia y dos sin estos atributos) a diferencia de san Lucas que presenta cuatro, una diferencia intencional del evangelista, presentando las amenazas según el orden mismo. El que escucha este mensaje, por primera vez, se siente conmovido o sacudido por las otras cuatro advertencias contra los ricos. La intención del autor es presentar las grandes etapas de la salvación, expresada en el ahora, es el tiempo de Jesús donde actúa en el presente, el ayer (historia del pueblo de Israel), el hoy (el ahora de Jesús) y el futuro (el después de los discípulos que tiene la experiencia viva), todo confluye en san Lucas que esta de acuerdo a su plan en su tiempo de salvación.

El mensaje central es presentar el Reino de Dios, son como dos características que presenta el autor: la primera es presentar el Reino de Jesús como la promesa escatológica, como el cumplimiento de la misión anunciada y la segunda característica es definir las condiciones de la pertenencia al Reino, a partir de la pobreza textual o real, que en el Antiguo Testamento es el que no tiene tres cosas: alimento o el pan de cada día, la tierra o la casa, como sentido de pertenecía y la libertad real y verdadera. Todo esto es lo que manifiestan las bienaventuranzas lucanas.

El horizonte del evangelio es la propuesta de Jesús, es la propuesta de la vida, no de la muerte. ¿Dónde encontrar a Dios? La respuesta es fácil: esta en el corazón y en las obras que le agradan, no en el culto vacío, que no dice nada, en lo que agrada a Dios. ¿Qué agrada a Dios? 

Quiero retomar algo que he venido meditando en estos días, que están en sintonía con las lecturas de hoy, es el gran maestro de vida espiritual San Juan Eudes en el libro de Vida y reino de Jesús:

“Acepto desde ahora por amor a ti, Señor Jesús, las molestias, contrariedades y aflicciones, corporales y espirituales que me sobrevendrán en el día de hoy y en toda mi vida y me ofrezco a ti para sobrellevar lo que te plazca sólo para agradarte y darte gloria.

Renuncio también desde ahora, a las seducciones y tentaciones del espíritu maligno y desapruebo todo sentimiento de amor propio, de orgullo y demás pasiones e inclinaciones torcidas que hay en mí. 

Te suplico, Salvador mío, que imprimas en mi corazón, odio, horror y temor hacia el pecado más fuerte que a todos los males del mundo; que prefiera morir a ofenderte deliberadamente. Dame la gracia de servirte en el día de hoy y en el resto de mi vida con fidelidad y amor y de tratar a mi prójimo con caridad, mansedumbre, paciencia, obediencia y humildad”. (San Juan Eudes, Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas).

¿CÓMO AGRADAR A DIOS?

Los bienaventurados, significa los dichosos, el término griego makariori, como los dichosos y felices, y se traduce al hebreo ashre, es una explosión de alegría. Decimos hoy en día, ¡que afortunado eres¡ son las personas que gozan del favor divino en todas sus manifestaciones. Por otra parte viene las malaventuranzas, algunos críticos dicen que no son maldiciones, sino advertencias o amenazas, es más un grito de dolor y de lamento… algo así como una advertencia profética. Existen falsos profetas que profetizaron en el Antiguo Testamento falsos mensajes y falsas advertencias, pero todo esto es lo contrario en lo que no debemos caer o seguir repitiendo nosotros.

Para agradar a Dios debo tenerlo como el centro y el único amor en mi vida: “Jesús, único amor mío, el amado de mi alma, el objeto de todos mis amores! ¿Cuándo te amaré perfectamente? Tú que eres mi divino sol, ilumina las tinieblas de mi espíritu, incendia mi helado corazón. Tú que eres la luz de mis ojos, haz que te conozca y que me conozca, para que a ti te ame y a mí me odie. Tú eres mi suave luz: hazme descubrir que todo cuanto hay fuera de ti sólo es humo, engaño y vanidad” (San Juan Eudes).

El evangelio, nos presenta dos formas de vivir o de ser felices, tanto en esta vida como la otra vida. Jesús esta de parte de los que sufren, porque Dios está de parte del que sufre, esperando su justicia.

APORTE EN EL CAMINO SINODAL

Este mensaje, profundamente evangélico, fue la base de la extraordinaria aventura espiritual vivida a finales del siglo XIX por santa Teresa de Lisieux, que relanzó en el mundo la pequeña vía: “la pequeña vía» de la infancia espiritual, es una aventura que nos invita también a nosotros a verificar sobre qué construimos nuestra vida, a verificar si, como Jesús, ponemos verdaderamente nuestra confianza en el Padre que está en el cielo. Sólo entonces, en efecto, seremos «como un árbol plantado junto al agua, que (…) no se inquieta ni deja de dar fruto» (Jr 17,8). ¿qué felicidad real, concreta, tangible, es la que se ofrece? Ya los apóstoles le preguntaban a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos sequido; ¿qué recibiremos, pues?» (Mt 19,27). El Reino de los Cielos, la tierra prometida, la consolación, la plenitud de la justicia, la misericordia, ver a Dios, ser hijos de Dios. En todos estos dones prometidos, en todos estos dones que constituyen nuestra felicidad, brilla una luz deslumbrante, la de Cristo resucitado, en el cual resucitaremos. Si bien ya desde ahora, en efecto, somos hijos de Dios, lo que seremos todavía no nos ha sido manifestado. Sabemos que, cuando esta manifestación tenga lugar, seremos semejantes a él «porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,2) (cfr. (J.-M. Lustiger, Siate felici, Genova 1998, pp. 111-117, passim [edición española: Sed felices, San Pablo, Madrid 1998).

APORTE DEL CATECISMO AL HOMBRE DE HOY

En la tercera parte, nos menciona las bienaventuranzas como el camino a la felicidad: 

«Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada» (San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae, 1, 3, 4).

«¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti» (San Agustín, Confessiones, 10, 20, 29).

 «Sólo Dios sacia» (Santo Tomás de Aquino, In Symbolum Apostolorum scilicet «Credo in Deum» expositio, c. 15).

«“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, “nadie verá a Dios y seguirá viviendo”, porque el Padre es inasequible; pero su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llegan hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios […] “porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios”» (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 20, 5).

MENSAJE FINAL

Frase del Benedicto XVI: La justicia en la Biblia significa la puesta en práctica de la voluntad de Dios. “Las bienaventuranzas recogen y perfeccionan las promesas de Dios desde Abraham ordenándolas al Reino de los cielos. Responden al deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón del hombre”. (CIC. 1725). La bienaventuranza del cielo determina los criterios de discernimiento en el uso de los bienes terrenos en conformidad a la Ley de Dios. (CIC. 1729)

EL TESTAMENTO DE DESPEDIDA DE BENEDICTO XVI ! 

Esta circulando este pensamiento sobre Benedicto XVI:  “Muy pronto me presentaré ante al juez definitivo de mi vida. Aunque pueda tener muchos motivos  de temor y miedo cuando miro hacia atrás en mi larga vida, me siento sin embargo feliz porque creo firmemente que el Señor no sólo es el juez justo, sino también el amigo y el hermano que ya padeció Él mismo mis deficiencias y por eso, como juez, es también mi abogado (Paráclito). En vista de la hora del juicio, la gracia de ser cristiano se hace evidente para mí. Ser cristiano me da el conocimiento y, más aún, la amistad con el juez de mi vida y me permite atravesar con confianza la oscura puerta de la muerte. A este respecto, recuerdo constantemente lo que dice Juan al principio del Apocalipsis: ve al Hijo del Hombre en toda su grandeza y cae a sus pies como muerto. Pero el Señor, poniendo su mano derecha sobre él, le dice: «No temas: Soy yo…». (cf. Ap 1,12-17). Queridos amigos, con estos sentimientos os bendigo a todos.  Benedicto XVI».

Respecto al escrito anterior ya había publicado su síntesis del juicio de Dios, algo muy parecido a las palabras que circulan en redes:  “Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la justicia de Dios. La fe en Cristo nunca ha mirado sólo hacia atrás ni sólo hacia arriba, sino siempre adelante, hacia la hora de la justicia que el Señor había preanunciado repetidamente. Este mirar hacia adelante ha dado la importancia que tiene el presente para el cristianismo… El Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia. Si fuera solamente gracia que convierte en irrelevante todo lo que es terrenal, Dios seguiría debiéndonos aún la respuesta a la pregunta sobre la justicia, una pregunta decisiva para nosotros ante la historia y ante Dios mismo. Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un motivo de temor para todos nosotros. La encarnación de Dios en Cristo ha unido uno con otra –juicio y gracia– de tal modo que la justicia se establece con firmeza: todos nosotros esperamos nuestra salvación «con temor y temblor» (Fil 2,12). No obstante, la gracia nos permite a todos esperar y encaminarnos llenos de confianza al encuentro con el Juez, que conocemos como nuestro «abogado», parakletos (cf. 1 Jn 2,1). Benedicto XVI en su encíclica Spe Salvi cuando habla del aprendizaje de la esperanza en el Juicio final (n. 41 y 47).

Todo esto me hace recordar al padre +José Manuel Díaz, sacerdote que fue asesor de la RCC en la Arquidiócesis de Tunja: “Una cosa piensa el burro y otra el que no enjalma… sólo el Señor sabe el día y la hora, roguemos al señor por las personas que ya están en su presencia y pidamos al Señor por si acaso se ven con Él”.

Por: Pbro. Wilson Javier Sossa López, cjm 
Sacerdote Eudista

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