Guías Homiléticas
 6 Febrero / QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
/ Is 6, 1-2a.3-8 / Sal 137, 1-2a.2bc-3.4-5.7c-8 / 1Co 15, 1-11 / Lc 5, 1-11
Del Evangelio según san Lucas  

En aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando el de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la aparta-ra un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro, y echen sus redes para la pesca”. Respondió Simón y dijo: “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes”. Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. 
Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra bar-ca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador”.
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. 
Y Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.        

Palabra del Señor

Continuamos leyendo en Lucas el ministerio de Jesús en Galilea, ahora con la vocación de sus primeros discípulos, junto al lago de Tiberíades y la pronta respuesta de dos parejas de hermanos. La vocación es un regalo de Dios, un don, algo se da y se recibe, un regalo se da gratuitamente y generosamente. Oremos por la vida consagrada que celebramos hace poco en nuestras comunidades religiosas en unión con la oración de toda la Iglesia por las vocaciones sacerdotales y de comunidades de religiosos (as).

El profeta nos cuenta su propia vocación, en Judá, en los tiempos calamitosos en torno al destierro de Babilonia. En una solemne visión del excelso trono de Dios, rodeado de ángeles y serafines (serafín de raíz hebreo arder) que cantan alabanzas, Isaías asustado, recibe la purificación por parte de un ángel, con un ascua de fuego, y oye la voz del señor que le llama: “¿A quién mandaré? ¿Quién ira por mi?”, a lo que Isaías contesta: “Aquí estoy, mándame”. El profeta llamado por Dios debe arder de amor lo que hace, siente que arde su alma y corazón. Esta experiencia es muy profunda porque el Señor transforma el miedo en audacia y valentía. ¿Cuál es el mensaje para hoy? Que el profeta no tiene miedo, puede pasar por las dificultades o pruebas y sale adelante, porque el Señor lo respalda. 

En la carta a los corintios, después del tema de los carismas y la unidad en la iglesia, saltamos al capitulo 15, donde nos quedaremos en los siguientes domingos: es un capitulo donde Pablo nos enseña el credo fundamental: la resurrección de los muertos.  Una de las preguntas que los cristianos de Corinto habían hecho a Pablo se refería a cómo puede ser que resuciten los muertos. Se ve que a los griegos este tema les resultaba particularmente difícil de comprender. Creían en la inmortalidad del alma, pero no en la resurrección corporal. La suya era una filosofía “dualista”, al contrario del pensamiento judío, que era “unitario”. Ya en su predicación en el Areópago de Atenas, a Pablo le habían reaccionado entre burlas y dilaciones apenas habló de que a Jesús Dios le había resucitado. Ahora se trata, no de la resurrección de Cristo, sino de la nuestra. En el pasaje de hoy, Pablo pone la gran premisa que justifica nuestra fe en la futura resurrección de los muertos: la de Cristo. Esto es lo que les había transmitido de viva voz cuando estuvo en Corinto: “lo primero que os transmití fue que Cristo murió, fue sepultado y que resucitó al tercer día”. Esta es como una profesión de fe breve y lapidaria. Pablo enumera algunas de las apariciones que dan credibilidad a esta convicción: a Pedro, a los doce, a más de 500 personas juntas, a Santiago. Y “por ultimo, como a un aborto, se me apareció también a mí”. Esta es para él una verdad básica de la fe cristiana. La resurrección de Cristo “es lo que predicamos y es lo que habéis creído”. Él ha recibido esa fe y la ha transmitido a los corintios. En las próximas lecturas veremos como saca las consecuencias: si Cristo resucitó, también nosotros lo haremos.

EL ITINERARIO DE JESÚS A LOS LLAMADOS

La llamada que Jesús hace a los primeros apóstoles: Pedro, Santiago, Juan, sigue a la primera “pesca milagrosa” (la segunda será cuando en el mismo lago se les aparezca como resucitado). A pesar de que Pedro, que sabe su oficio de pescador, desconfía de volver a faenar después de una noche sin resultados, sin embargo, en el nombre de Jesús, echa las redes, con el resultado de que se llenan las dos barcas hasta casi hundirse. La reacción de Pedro es de admiración y adoración. Jesús aprovecha para decirle a el y a los demás que desde ahora van a ser “pescadores de hombres”. Esto se comprenderá en el sentido de la pesca abundante dirigido a los gentiles como destinatarios de la pesca simbólica. Cosa que no debieron entender de momento, pero que se les quedó grabada, y que cumplieron, después de pascua y pentecostés, con un ministerio generoso, hasta el testimonio supremo de la muerte.

Dios llama

La vocación cristiana – sea al ministerio ordenado, a la vida religiosa, a la vida del ministerio, o a la vida matrimonial… es en fin un compromiso de su testimonio cristiano en medio del mundo – es un misterio. Dios lleva la iniciativa, respalda y espera los frutos. Es en el tiempo del Él, que se van dando sus frutos. En el caso de Isaías, un joven de unos veinticinco años, de una familia noble de Jerusalén, es Dios quien le llama, y él responde “aquí estoy, mándame”. En el caso de los primeros apóstoles, sencillos pescadores de Galilea, es Cristo quien les interpela y, después de la pesca milagrosa, les encarga: “seréis pescadores de hombres”. Ser “pescadores de hombres” no tiene ningún sentido peyorativo, como si buscara un proselitismo a ultranza. Significa que Cristo quiere que sus seguidores, además de crecer en él, se dediquen a evangelizar, a dar testimonio, a persuadir a cuantas mas personas mejor de la buena noticia del amor y la salvación de Dios. Cuando observamos las plantas de uvas, ellas van dando ese fruto en su momento, algunas abundantemente, otras no tanto, pero todas dan su fruto en su momento. Así es nuestra vocación, todos estamos llamados por el Señor a dar sus frutos en su momento, en su tiempo. Un tiempo para sembrar, otro para crecer y otro para dar sus frutos y recoger de los frutos.  

Por eso eligió a los doce. Por eso envió luego a los setenta. Por eso les encargo al final que fueran por todo el mundo evangelizando, bautizando y enseñando a vivir según su estilo. También hoy, el Dios todo santo y todopoderoso es a la vez, el Dios cercano, que quiere comunicar su vida a todos y para ello se sirve de colaboradores y sigue llamando a hombres y mujeres que contesten “aquí estoy, mándame” y se dispongan a trabajar como “pescadores de hombres”, o sea, como testigos de Cristo en medio de la sociedad, tratando de ganar a otros a la fe. Tal vez esta llamada no revestirá la solemnidad que tuvo la de Isaías, en el marco de la liturgia del templo y con una visión del trono de Dios, sino que será sencilla, como la de los primeros apóstoles: una llamada desde su mismo trabajo diario a otro más amplio al que les invita Jesús. Pero siempre es una llamada, siempre supone una misión no fácil y siempre pide una respuesta generosa.

Aquí estoy

Es un misterio también el que muchos se sientan interpelados de esta manera por la llamada de Dios y se decidan a colaborar en la construcción de su reino. Isaías, confiado en la ayuda de Dios, acepta ser su portavoz en medio del pueblo: “aquí estoy mándame”. A una llamada existe una respuesta parecida a la que otro joven, Samuel había formulado antes: “habla, señor, que tu siervo escucha”. Y la que también pronuncio otra joven, esta vez del NT, María de Nazaret: “hágase en mi según tu palabra”. También Pablo nos da ejemplo de una respuesta valiente a Cristo, cuando en el camino de Damasco, se dejo convencer por su luz y su palabra y contestó: “Señor, ¿qué queréis que haga?”. Y a fe que luego cumplió generosamente su vocación de apóstol de Cristo, a pesar de todas las dificultades que encontró en el camino. Los primeros apóstoles nos dan hoy una hermosa lección de obediencia a la llamada vocacional. El sorprendente resultado de la pesca provoca en Pedro y también en sus compañeros: “sacaron las bracas a tierra y, dejándolo todo, le siguieron”. La respuesta de los llamados va acompañada de una experiencia de fe. Isaías queda estupefacto por la trascendencia de Dios y asustado de “haber visto al señor”. Pablo, en el camino de Damasco, queda cegado por la luz del Resucitado. Los apóstoles quedan maravillados del milagro que acaba de hacer Jesús. La reacción de Pedro es de admiración y también de espanto: “apártate de mi, señor, que soy un pecador” Como ellos, miles y miles de hombres y mujeres, también hoy, al oír la llamada de Cristo, responden “aquí estoy: mándame”, y dedican sus mejores años y energías a la difusión del evangelio, a dar testimonio de la verdad fundamental de nuestra fe: Cristo ha muerto por nosotros y ha resucitado y está vivo y está presente en nuestra vida. Eso no afecta sólo a los sacerdotes o a los religiosos: todo cristiano tienen una misión que cumplir, como testigo de Cristo, en su familia y en la sociedad. Un niño puede ayudar a sus compañeros, una joven o un joven pueden ejercitar una influencia constructiva entre sus amigos o en el lugar de estudio de estudio o trabajo, los padres para con los hijos y los hijos para con los padres, los que actúan en los medios de comunicación o en el campo sanitario o en la política: todos estamos vocacionados a ser personas autenticas, humana y cristianamente.

En el origen de nuestra vocación específica no hay, probablemente, ninguna visión mística o “pesca milagrosa” que nos haya asombrado y nos haya empujado a la decisión. Pero si, de algún modo, ha habido un sentimiento de fe y admiración por Cristo, y la convicción de que vale la pena relativizar otras cosas y colaborar con él en la salvación del mundo.

LA DIFÍCIL VOCACIÓN DE LOS CRISTIANOS EN ESTE MUNDO

Pero seguro que alguna vez en nuestra vida necesitamos oír también nosotros las palabras de ánimo de Jesús a Pedro, al ver su cara de susto: “no temas”. No es fácil seguir la llamada de Dios. Isaías se siente impuro y asustado. Pedro cae rostro en tierra pidiendo a Jesús que se aparte, porque el es un pecador. Ser enviado vocacionalmente a un distraído o incluso hostil, a dar testimonio de valores que tal vez no apetecen a la mayoría, no tiene asegurado el éxito ni que nuestro esfuerzo nos vaya a “compensar” a corto plazo. Probablemente habremos experimentado también nosotros el fracaso de algunas noches estériles en que “no hemos pescad nada” o, alternando con días en que si hemos sentido la presencia de Jesús que ha vuelto eficaz nuestro trabajo. Sin él, la esterilidad. Con él, la fecundidad sorprendente. “sin mí, no podéis hacer nada”. Así vamos madurando, como aquellos primeros discípulos, en nuestro camino de fe, a través de los días buenos y de los malos. Para que, por una parte, no caigamos en la tentación del miedo o la pereza. Y, por otra no confiemos excesivamente en nuestros métodos sino en la fuerza de Cristo. Debemos seguir escuchando la invitación que hoy escuchamos a Cristo y que se ha hecho famosa en las consignas del papa Juan Pablo II para el tercer milenio: “rema mar adentro” (“duc in altum”). Si no hemos conseguido mucho, en nuestro apostolado “mar adentro”, ¿no será porque hemos confiado más en nosotros que en él? ¿Por qué hemos “echado las redes” en nombre propio y no en el de él?

APORTE PASTORAL

No es una fe ciega, en palabras de Benedicto XVI:” La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no será humana. La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1)”.

AÑO JUBILAR DEL CORAZÓN DE JESÚS

Recordemos a San Juan Eudes en especial esta fiesta del 8 de Febrero, fiesta del corazón de María donde definió el Corazón de María como: “armario y tesoro de las divinas Escrituras, biblioteca viva del antiguo y nuevo testamento. Libro de vida, en el cual la vida de Jesús ha sido escrita en letras de oro con el dedo de Dios que es el Espíritu Santo. Bienaventurados aquellos cuyos nombres han sido escritos en este libro del cielo» (SAN JUAN EUDES, OC VII, 283). «Biblioteca de los apóstoles a la cual ellos recurrían para aprender, dice san Jerónimo, muchas cosas que no sabían. Por eso debemos honrarla como un evangelio vivo y eterno en el cual el Espíritu Santo escribió con letras de oro la vida admirable de nuestro Redentor. ¡Qué veneración debemos tener por esta santa arca del Nuevo Testamento!» (SAN JUAN EUDES, OC VII, 240) «verdadera tabla de la ley de Dios, libro vivo y admirable, en el cual el Espíritu Santo ha impreso los misterios de la Divinidad, los secretos de la eternidad, las leyes cristianas, las máximas evangélicas y las verdades que el Hijo de Dios ha extraído del Corazón de su Padre. Si san Agustín asegura que esos libros, de los que habla el Apocalipsis, son los corazones de los santos, en los cuales las leyes y las voluntades de Dios están escritas, ¡cuánto más se aplica eso de verdad al Corazón santísimo de la Madre de aquel que es la santidad misma! San Crisóstomo tiene razón cuando llama el corazón de san Pablo Volumen charitatis, libro de la caridad. San Jerónimo habla bien cuando dice que el pecho y el corazón de su amigo Nepotiano era la biblioteca de Jesucristo ya que su ocupación continua era la lectura y meditación de los Libros Santos. ¡Qué se puede decir del Corazón de la Madre del Salvador! Ella  leía y meditaba día y noche la santa Ley de Dios y su Corazón se convirtió en un libro vivo en el cual el Espíritu Santo imprimió las verdades y maravillas del cielo  mucho más santa y claramente que en los Libros sagrados. (SAN JUAN EUDES, OC VII, 283 Y OC VII, 240).

San Juan Eudes nos mostró el Corazón de María como evangelio vivo, como biblioteca llena la sabiduría de Dios, para invitarnos a contemplarlo y a estudiar en él: «Consideren que el Corazón de María es el depositario de los misterios y maravillas de nuestro Salvador: María conservaba todo en su Corazón (Lc 2, 51). Es un libro vivo, un evangelio eterno en el que el Espíritu Santo escribió con letras de oro la vida admirable del Salvador.  Es el libro de la vida en el que debemos estudiar sin cesar. En él debemos aprender a conocer y a amar perfecta y ardientemente la radiante belleza de las virtudes cristianas, y sobre todo las excelencias maravillosas de la humildad. ¡Cómo estamos de obligados a honrar tu Corazón amable, Madre de bondad!. Haz que nuestros nombres estén escritos en el libro de la vida que eres tú, y que estudiemos en tu Corazón cuidadosamente las verdades y mandamientos  del Espíritu Santo. (SAN JUAN EUDES, OC VIII, 133-134 Cfr.  OC VI, 358)

ORACIÓN EN EL CAMINO SINODAL

Por el Santo Padre, para que fortalecido con el auxilio divino sea siempre nuestra luz y guía en éste peregrinar hacia el encuentro con el Padre Celestial. Por la paz entre los pueblos y en las familias, para que éste don de Dios, se concretice en nuestra sociedad, conscientes de la necesidad de la renuncia personal para el logro del bien común. Las misiones “Ad Gentes” y la fortaleza de los cristianos perseguidos. Para que los cristianos acojamos en toda su riqueza el sentido de la oración dominical, como encuentro fecundo con Dios Padre que nos ha hecho participar de la filiación adoptiva.

Por: Pbro. Wilson Javier Sossa López, cjm 
Sacerdote Eudista

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