MISERICORDIOSOS COMO EL PADRE Y SU HIJO


La misericordia en Lc 15, 11-32 y 24, 13-35

Para entender el mensaje de los evangelios acerca de la misericordia, necesariamente debemos partir de Jesús mismo, como Aquel que mejor supo encarnar la misericordia del Padre Dios, y por eso mismo es el modelo supremo de misericordia. Antes que sus enseñanzas, posteriormente recogidas en los relatos evangélicos, son las actitudes de Jesús los mejores signos de la misericordia divina. Y todos conocemos bien cómo era el modo de tratar de Jesús a todas las personas, especialmente a quienes eran despreciados o marginados de la sociedad judía de su tiempo: los enfermos, los pecadores públicos, las mujeres, los niños, los pobres, etc. Las más grandes manifestaciones de su poder y santidad, a través de los signos o milagros que realizó, tuvieron como destinatarios privilegiados precisamente a los más necesitados, los que estaban oprimidos por enfermedades, miseria, exclusión.

Los evangelios nos dicen abiertamente que Jesús era muy sensible al sufrimiento ajeno, a las situaciones de necesidad u opresión que debían soportar las personas: por ejemplo, al ver la muchedumbre desorientada y extraviada “como oveja sin pastor” (cf. Mc 6, 34; 8, 2; Mt 9, 36; 14, 14; 15, 32). Pero era también el mismo sentimiento que experimentaba antes de realizar algún milagro a favor de gente necesitada como los enfermos –especialmente leprosos–, o las viudas (cf. Mc 1, 41; Mt 20, 34; Lc 7, 13). Para estas circunstancias, los evangelistas reservan el uso de un verbo que tiene mucha elocuencia (siguiendo la tradición del AT), pues indica la conmoción de las entrañas (splanchnízomai), un amor entrañable y visceral; expresa una verdadera solidaridad, pues es la verdadera com-pasión (padecer con), sufrir con el otro; experimentar el dolor del otro conmoviéndose interiormente. Esto indica que la verdadera Misericordia, como la de Jesús, implica sentirse partícipe del sufrimiento o la necesidad del otro.

Además de sus actitudes, las enseñanzas de Jesús en sus discursos fueron también muy claras en cuanto a la misericordia. Su insistente exhortación a encontrar en el amor la plenitud de la Ley nos sirve de contexto para entender muchas de sus enseñanzas, particularmente las contenidas en las parábolas. Precisamente en este contexto de las parábolas, no se puede dejar de mencionar el capítulo 15 de Lucas, que contiene tres parábolas, acertadamente llamadas “parábolas de la misericordia”, y entre esas tres, la más detallada y rica de enseñanzas la del Hijo Pródigo-Padre Misericordioso; pero también se debe tener en cuenta la parábola del siervo despiadado (Mt 18, 23-35), y la del Buen Samaritano (Lc 10, 30-37). A estas parábolas, bien podríamos agregar el relato de Juan 8, 1-11, el de la Mujer sorprendida en adulterio, que precisamente por su especial modo de evidenciar la misericordia de Jesús que salva la vida de la mujer, hay varios autores que consideran que se trata de un texto escrito por Lucas, pero luego asignado a Juan.

El Padre Misericordioso:

Lucas es el Evangelio de la misericordia; en sus textos queda claro que la santidad a que somos llamados, según nuestra imagen y semejanza de Dios, se concreta en la misericordia: “Sean misericordiosos como su Padre del cielo es misericordioso” (Lc 6, 36)[1]. Los primeros versículos del capítulo 15 de Lucas son una clave de lectura y de interpretación del mensaje de todo el capítulo (las parábolas de la misericordia); de hecho, el evangelista advierte que Jesús dijo estas parábolas tanto para los publicanos y pecadores que acudían a escucharlo con gusto, como para los escribas y fariseos que también lo oían, pero con una actitud muy distinta: murmuraban y criticaban al Señor por acoger y compartir el alimento con los pecadores. Precisamente esos dos grupos están representados en la parábola del Padre misericordioso: en el hermano menor descubrimos a los publicanos y pecadores que se reconocían necesitados del perdón y la misericordia de Dios, mientras que los escribas y fariseos eran como aquel hermano mayor que se creía fiel cumplidor de la Ley, un diligente servidor, mas no un hijo amado. Por eso tampoco reconocerá a su hermano como tal, sino como “ese hijo tuyo”.

En el trasfondo del mensaje de la parábola encontramos en definitiva la confrontación de dos perspectivas radicalmente opuestas: la gratuidad de la fe cristiana, y la vieja doctrina de la retribución conservada por los judíos, especialmente de corte farisaico, que da todo el valor y mérito al cumplimiento de la Ley de Moisés. El hijo mayor es símbolo de esta última doctrina retribucionista farisea; mientras que el Padre misericordioso y el hijo pródigo encarnan lo mejor de la nueva perspectiva cristiana que pone todo el acento no en el riguroso cumplimiento de la Ley, sino en la gratuidad del amor de Dios que salva.

La actitud del Padre cuando regresa su hijo menor, transgrede revolucionariamente la mentalidad y las costumbres judías de su tiempo. De hecho, ese hijo menor ya había recibido y despilfarrado la parte de su herencia (cf. Dt 21, 17), por lo tanto, no podía esperar nada distinto de aquello que él mismo pensaba: ser tratado como un jornalero de la hacienda. Ya era demasiado plantear la posibilidad del perdón de la grave ofensa de aquel hijo (desprecio, abandono, etc.), pero como siempre, el Señor nos sorprende, superando y trascendiendo con mucho la mentalidad mezquina de una retribución y “justicia divina”, según el criterio legalista de los judíos. De hecho, el Padre de la parábola sí le permite el hijo expresar su arrepentimiento y reconocimiento de su pecado, pero no lo deja terminar el discurso preparado, donde pediría ser tratado como un jornalero: eso el Padre no lo permite, pues para él, el hijo menor, aun habiéndose portado mal, jamás ha perdido su condición y dignidad de hijo amado, no es esclavo[2].

Y en el colmo del exceso de su amor, el Padre sin siquiera expresar el mínimo reproche, ordena de inmediato a sus criados que revistan al hijo que regresa con los signos de una dignidad prácticamente mayor a la que tenía antes de irse de casa: el mejor vestido, anillo, sandalias… y el becerro más gordo para un banquete en su honor, con el derroche de música y de cantos. Esta actitud del Padre nos recuerda el Dios enamorado del libro del profeta Oseas; o la osadía de la serie de peticiones de Pablo a Filemón a favor del esclavo Onésimo. Estas son las características de la gratuidad de la misericordia divina: ilimitada, desbordante, revolucionaria… Un nuevo concepto de justicia divina se abre camino, muy distante y distinto del esquema retribucionista fariseo.

De la actitud del hijo menor aprendemos el sentido de la verdadera conversión cristiana: entrar en sí mismo, reconocer el pecado, volver a los brazos del Padre, confesar la culpa, y dejarse amar y perdonar por Dios. En definitiva, aquello que hace posible todo proceso de conversión es la certeza de que (a decir del papa Francisco): Dios jamás se cansa de perdonar, y más bien somos nosotros quienes nos cansamos de recurrir a su perdón. Como sucedió en la experiencia vocacional de Pablo, la gratuidad del amor de Dios es siempre la fuente que da sentido y hace posible todo proceso de conversión. Mientras no nos sintamos amados y perdonados gratuitamente por Dios, no seremos capaces de tener actitudes de misericordia y perdón hacia nuestros semejantes.

La actitud del hermano mayor de la parábola constituye para nosotros una continua advertencia a no caer en la mezquindad de quien sirve como un empleado más, pero esperando recibir recompensa. Y con frecuencia los servidores de Dios corremos el riesgo de entender y vivir nuestra fe en clave de retribución, aparentemente fieles cumplidores de la voluntad de Dios, pero no sintiéndonos hijos amados de un Padre bueno, sino como funcionarios de su Casa. Y peor aún, sintiéndonos mejores y superiores a los demás, a quienes podemos incluso llegar a considerar pecadores indignos del amor de Dios, experimentando la envidia del hermano mayor, al constatar la infinita misericordia de Dios para con ellos. Nosotros seríamos los fieles, porque nunca nos apartamos de la casa paterna, y ellos los infieles que al alejarse han perdido todo derecho en la casa paterna, y al regresar amenazan nuestros intereses. Y en lugar de ser padres y hermanos, terminamos erigiéndonos en jueces inclementes de nuestros hermanos.

Y, sin embargo, la actitud compasiva del Padre se dirige no sólo hacia el hijo perdido que regresa arrepentido, sino también hacia el hijo mayor que no ha sabido experimentar el amor del Padre por estar encasillado en los reducidos límites de la retribución, y por eso mismo tampoco ha sabido experimentar la riqueza y profundidad de la fraternidad. También para él hay misericordia y compasión, por eso insiste el evangelista en que el Padre salió a su encuentro y le rogaba que entrara a participar de la alegría de la fiesta por el regreso a la vida de su hermano menor. Lo triste es que, mientras Lucas nos dice que el hijo menor sí se dejó amar y perdonar, no sabemos si finalmente el hermano mayor aceptó la invitación del Padre y acogió su ruego a entrar y gozar de la fiesta del reencuentro. Ahí está precisamente el gran desafío: ¡la conversión del hermano mayor! Muchas veces es más difícil la conversión de quien se ha considerado siempre fiel y obediente, cumplidor y con derechos de retribución, que la de aquel que es consciente de su condición pecadora, y confía no es sus méritos, sino en la bondad del Padre Dios.

El Hijo revela la misericordia del Padre:

El papa Francisco, cuando convocó a toda la Iglesia a celebrar el Año de la Misericordia (2015-2016), iniciaba su bula con estas expresiones: “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, «rico en misericordia» (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad» (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la «plenitud del tiempo» (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios.” Misericordiae Vultus, 1).

Si bien podríamos encontrar en Lucas muchísimos pasajes y episodios que ilustran y evidencian la manera como Jesús encarna y revela la misericordia del Padre Dios, nos proponemos tratar de descubrir esta enseñanza en el pasaje de los Discípulos de Emaús (24, 13-35). Este precioso texto ha sido estudiado desde muchos puntos de vista, y ha ofrecido tantísimas enseñanzas de fe en muchas dimensiones y aspectos del discipulado cristiano, y seguramente también desde la perspectiva de la misericordia divina puede ser manantial de riquezas espirituales. Ante todo, nos ubicamos en un pasaje que podemos identificar como una “catequesis pascual eucarística”. Su contexto es el del día mismo de la Resurrección del Señor. Y esto ya es clave de interpretación, pues el misterio pascual es la expresión máxima de la misericordia del Padre que nos da a su Hijo (cf. Jn 3, 16), y de aquel Hijo que “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo…” (Jn 13, 1).

Cleofás y su compañero, haciendo camino de regreso a Emaús, están dando la espalda a Jerusalén, que no sólo representaba el escenario de los acontecimientos pascuales, sino también de la Comunidad cristiana que empezaba a reunirse nuevamente en torno a la noticia de que Cristo había resucitado, y que el sepulcro vacío era un testimonio de ello. Ellos pretenden regresar a su pasado, para superar, así lo creían al menos, pues sería imposible, el sentido de frustración y dolor que los embargaba. Se sentían burlados y engañados por aquel Maestro que parecía ser el Mesías que habría de liberar a Israel, pero que había terminado en el peor fracaso de un condenado a muerte en cruz como el peor de los malhechores, la condena más ignominiosa que podía recibir un judío (cf. Dt 21, 23). Por eso van tan abatidos y tristes, tanto que apenas perciben que alguien se les acerca a compartir el camino.

Es Jesús, el maestro vivo y resucitado el que toma la iniciativa de acercarse a aquellos desanimados discípulos, para mostrarles la misericordia de Dios, permitiéndoles liberarse de sentimientos tan negativos y pesimistas que los atormentaban, y que incluso los llevaba al conflicto y la discusión entre ellos. Por eso, primero los escucha atentamente, y también les formula algunas preguntas que más que buscar respuestas puntuales, quieren dar la oportunidad a los discípulos para que se desahoguen y puedan luego abrir el corazón a su Palabra, para que sean interiormente restaurados y sanados de sus heridas. También los reprende y corrige, porque la corrección es signo de caridad y de amor:

“¿Qué padre no corrige a sus hijos” porque los ama? (cf. Hb 12, 4-7.11-15).

Después, comienza a explicarles todo lo referido al Mesías en los textos sagrados. Es una preciosa catequesis bíblica la que ofrece Jesús a tan afortunados discípulos. En ese sentido, como afirmaba el Papa Francisco:En la proclamación de las lecturas bíblicas, se recorre la historia de nuestra salvación como una incesante obra de misericordia que se nos anuncia. Dios sigue hablando hoy con nosotros como sus amigos, se «entretiene» con nosotros, para ofrecernos su compañía y mostrarnos el sendero de la vida. Su Palabra se hace intérprete de nuestras peticiones y preocupaciones, y es también respuesta fecunda para que podamos experimentar concretamente su cercanía. (Misericordia et Misera, 6). El fuego purificador de esa Palabra iba sanado y devolviendo la paz a los corazones de los discípulos. De hecho, “Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige. De este modo es posible contemplar la misericordia de Dios y asumirla como propio estilo de vida.” (Misericordiae Vultus, 13).

Llegados a Emaús, se muestra la bondad de los discípulos que ofrecen hospitalidad a aquel “Forastero” que ha llegado a ser amigo, pero también queda demostrada la misericordia del Maestro Resucitado que accede positivamente a la espontánea súplica de los Discípulos: “¡Quédate con nosotros!”. En efecto, ellos habían disfrutado tanto de la compañía de aquel singular Peregrino, que desean seguir escuchando su Palabra que hace arder sus corazones, y desean compartir con él el pan de la fraternidad. Y efectivamente, de manera inaudita, el aparente forastero desconocido entra a su casa y asume las veces de Padre de familia cuando preside la cena y les distribuye el pan. De esta manera, les está haciendo palpable a los discípulos la misericordia del Buen Dios que viene a nuestro encuentro, comparte con nosotros el camino, escucha nuestras quejas y lamentos, nos enseña el sentido último de la historia, restaura nuestros corazones con el fuego de su Palabra, y entra a quedarse a vivir con nosotros, nutriéndonos con el Pan de vida que es la eucaristía. “La misericordia es esta acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida. Así se manifiesta su misterio divino. Dios es misericordioso (cf. Ex 34,6), su misericordia dura por siempre (cf. Sal 136), de generación en generación abraza a cada persona que se confía a él y la transforma, dándole su misma vida” (Misericordia et Misera, 2).

Su misericordia, sin embargo, no nos permite quedarnos impasibles y quietos contemplando el misterio de su amor; es una fuerza que nos impulsa a salir para volver a la Comunidad, nos lleva a la reconciliación con los hermanos, a ser confirmados en la fe pascual de la Iglesia, y a compartir nuestra propia experiencia de fe y de encuentro con el Resucitado. Esa es la misión, pues no basta con ser discípulos, ¡hay que ser también misioneros! Así lo entendieron y lo vivieron los discípulos de Emaús, quienes al momento de reconocer al Maestro que había vencido la muerte, de inmediato se levantan sin hacer cálculos ni demasiadas consideraciones racionales, y salen corriendo a Jerusalén a reencontrarse con la Comunidad que ya celebra y confiesa su fe en Cristo Resucitado.

Finalmente, los discípulos pueden tener experiencia personal de aquello que les había enseñado el Maestro:

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (cf. Jn 15, 9-17).

Desde su encarnación, el Hijo había expresado todo el amor misericordioso de Dios por la humanidad, no aferrándose a su condición divina, sino despojándose de todo, asumiendo la condición de esclavo y haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (cf. Filp 2, 6-11). Con sus palabras y obras “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38), hasta sellar su entrega por amor en su muerte y resurrección. En efecto, “Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan. Este amor se ha hecho ahora visible y tangible en toda la vida de Jesús. Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona gratuitamente. Sus relaciones con las personas que se le acercan dejan ver algo único e irrepetible. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia. En Él todo habla de misericordia. Nada en Él es falto de compasión.” (Misericordiae Vultus, 8).

Queda a nosotros la tarea: así como Jesús encarnó y manifestó el amor misericordioso de su Padre-Dios, también nosotros debemos mostrar, con nuestras palabras y actitudes, la misericordia del Hijo de Dios que murió y resucitó para darnos la vida eterna. Que se haga realidad el desafío que nos lanzó el Papa Francisco en ocasión del Año de la Misericordia: “La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia.” (Misericordiae Vultus, 12).

P. Danilo A. Medina L., ssp.


[1] Este imperativo que representa la identidad de los discípulos de Jesús, equivale a aquella exhortación del Levítico (19, 2): “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo”, entendiendo allí la santidad en términos de pureza ritual y legal, y que Mateo, por ejemplo, recoge desde la clave de la perfección (cf. Mt 5, 48).

[2] Cf. CONSEJO PONTIFICIO PARA LA PROMOCIÓN DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN, Las parábolas de la Misericordia, Ed. San Pablo, Bogotá, 2015, pp.33-53.


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