UN HOMBRE, UNA IDEA: Poema al Beato Santiago Alberione


Hubo un hombre que se llamó Santiago, tan frágil que lo quebraba el viento, tan fuerte como una roca de los Alpes. Su austeridad espartana competía con la ternura exquisita de su inmenso corazón porque amaba, comprendía todas las inquietudes de los hombres. Ante el mundo desolado y triste abrió su corazón, derramó su ternura: proclamar la verdad, defender la justicia, promover la paz… Vivió ochenta y siete años y sin embargo no lo conocimos.

Pasó por la vida como de puntillas, siempre en profunda meditación o en tierna plegaria. Fue seguido y admirado hasta por los mismos pontífices. Juan XXIII decía de él: “¡Ese sí que fue un gran hombre!”. Esquivo y silencioso tuvo que ser un hombre solo, pero en su mística soledad ensanchó su espíritu para forjar los proyectos que transforman el mundo. Siempre vigilante escrutando los signos de los tiempos, vagando con la mente en el futuro, diseñando paso a paso su misión.

Al calor del verano y a la sombra de los olmos tuvo la intuición genial: hablar a cada siglo en su lenguaje con los medios modernos, instrumentos poderosos por los cuales el evangelio se hace imagen, ritmo, acción, sonido… lanzándose siempre hacia el futuro con los mejores medios, con los mejores hombres, con corazón indomable y audaz. Genial intérprete de los tiempos nuevos, descubre o adivina que si la gente no va a la Iglesia la Iglesia debe ir a la gente. Todos deben anunciar la Palabra de Dios a nuestro mundo: el redactor se martiriza el alma, el actor da fuerza al pensamiento, el cantante expresa su dolor y su alegría.

La parroquia es el mundo; el púlpito, la máquina. ¿Y la mujer? También ella es apóstol y es virgen y es santa. Se necesita un ejército de santas, de religiosas modernas, audaces, desenvueltas, que lleven de casa en casa y de pueblo en pueblo la “presencia” que salva, el Cristo que redime. Negras nubes se ven en el horizonte, la guerra amenaza a Europa. Hay un joven sacerdote que se inmola y no puede hacer milagros si está solo. Hay que multiplicarse. Cuenta solo con Dios pero ¿qué importa?

Un día no lejano, tal vez mañana, habrá una gran familia. Era una noche importante: moría el siglo pasado, nacía el presente. En la fría catedral un joven denodado exhala la angustia de su época: ¿Cómo salvar a los hombres del siglo XX? Su corazón desmaya… Allí esta él, muy joven aún, pero dispuesto a todo. Un amor ardiente, inmenso como el mundo, se apodera de su alma: Ya no es él quien vive, Cristo vive en él. Se corre el velo del misterio, descubre su misión:

“Hacer algo por el Señor y por las hombres del nuevo siglo”.

Pero ¿cómo? ¿Con qué medios? Con la prensa y la radio, con la televisión y el cine… con la misma pasión de Pablo, con entrega total para llevar a los hombres la atracción a la verdad, el fulgor de la belleza, la novedad del Evangelio.

Pero estos nuevos instrumentos piden nuevos apóstoles que lleven todo el hombre a Dios porque no pueden hacerlo cristiano solo en las palabras o en las obras. Es necesario que viva en Cristo con todo su ser.

El paulino, el paulino auténtico sabe caminar siempre al paso de los tempos: detrás de un escritorio, hay un paulino; ante un micrófono se desgrana su voz; en la pantalla grande o chica entre torrentes de luces y colores, de música y quejas de voces y de rostros, allí… allí está el paulino. Al angustioso grito del Apóstol: “Ay de mí si no evangelizo”, envió a sus hijos por todo lo tierra: “Predicad el Evangelio a toda criatura”, sin ninguna reserva: a todos los pueblos de la tierra, a todas las razas, a todas las clases sociales, a todos los niveles culturales; en las ciudades luminosas, a los áridos campos, en las oficinas lujosas, en las chozas miserables… A todos los hombres para amarlos a todos, para comprenderlos, para llevarles la luz que descubran el Cristo.

Dilató su corazón a las dimensiones del mundo: “Mi palabra será predicada en el universo entero”. Ante un negrito africano, un mestizo de América o un mandarín de China su corazón se incendiaba. Lo devoraba la urgencia de llegar primero, de abrir a la Palabra de Dios todos los caminos del mundo:

“La Palabra de Dios no está atada”.

Pequeño y frágil, sentía en su alma el ansia de la Iglesia, la angustia de la humanidad. Viajó por todo el mundo para llevar a sus hijos su presencia y encontró por todas partes que el mundo, que los hombres, tienen necesidad de Cristo.

El padre Alberione se ha ido. Regresó a su verdadera casa. Allá nos espera. Su vida se apagó en un lento y profundo holocausto. Se fue en silencio como vino. Vivió en un abismo de contemplación forjando nuestra eterna misión: traducir las verdades divinas en letras, en imágenes, en ondas y en sonidos… Fue su inmortal herencia.

Esquivo de confidencias, solo una vez dejó escapar el torrente de su alegría, con el canto del cisne: “Me muero… Paraíso”. Cerró los ojos y se durmió tranquilo. Nuestro Padre ha muerto pero su muerte es un triunfo, su ausencia una gloria: los paulinos perdieron a un padre pero conquistaron un intercesor en el cielo. El padre Alberione ya no está en Roma… Dondequiera que hay un paulino, un paulino auténtico, allí está él, allí está su espíritu. El padre Alberione ha muerto “Viva el Padre Alberione”.


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