Guías Homiléticas -- XXII DOMINGO ORDINARIO

Si 3, 19-21.30-31 / Sal 67, 4-5ac.6-7ab.10-11 / Hb 12, 18-19.22-24a / Lc 14, 1.7-14
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21 AGOSTO

Del santo Evangelio según san san Lucas 14, 1.7-14

Un sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que los convidó a ti y al otro, y te diga: ‘Cédele el puesto a este’.

Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: ‘Amigo, sube más arriba’. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.

Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”. Y dijo al que lo había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos”.

Palabra del Señor.

¿CUÁL ES LA VERDADERA HUMILDAD?

En este día vamos a reflexionar sobre el compromiso de la humildad. No es un simple discurso de buen comportamiento o una norma de urbanidad de cómo comer y sentarse a la mesa o un premio porque tuvo una paciencia infinita con los demás, sino es una actitud ante la virtud como una opción de un estilo de vida. ¿Qué nos enseña la humildad tan desvalorizada por el hombre de hoy?

 

La lectura del libro de Sirácida (Jesús, hijo de Sirá), va dirigido a los que viven fuera de Israel para que lleven una vida según la Ley (Torá).  Es una exhortación que nos invita a la dulzura de la humildad y a vencer todo orgullo y toda soberbia.

 

La segunda lectura es tomada de la carta a los Hebreos. Tenemos de antecedente la comparación de la alianza del Antiguo Testamento con la alianza del Nuevo Testamento. Esto es, se pasa del temor y la lejanía de un Dios distante, a un Dios cercano y misericordioso. Creo que el reto de la nueva alianza es la santidad. Por eso, san Juan Eudes nos dice: Adherirme a Ti, como a mi Cabeza amabilísima y adorabilísima; hacer una clara profesión de seguirte en la santidad de tu vida, de tus sentimientos, de tus virtudes, de tus máximas y de tus santas voluntades; y vivir sólo en Ti y por Tí” (San Juan Eudes).

 

La primera y la segunda parábola están relacionadas en la comida y la humildad como mensaje central de hoy. Las dos parábolas son muy importantes, la primera está dirigida a todos los comensales y la segunda al dueño de la fiesta. La parábola tiene que ver con el Reino como la propuesta del Señor. La invitación a los primeros y a últimos es hacer una fiesta en la que unos llegan de primeras y ocupan los primeros puestos, tiene su sentido profundo porque no es el puesto como tal, sino la actitud lo que está en juego. Si observamos lo que está cuestionando es nuestra actitud ante el Reino. No debe ser privilegio de unos pocos, sino de todos. El Señor no hace acepción de personas, ni discriminación de ningún tipo porque él mismo se sienta con las otras personas, incluso pecadoras, fariseas que pensaban que ellos ya tenían ganada la salvación. Sentarse a la mesa con alguien implicaba un carácter sagrado de compartir la vida, donde el Señor no hace discriminación de ningún tipo. ¿Cuántos creen que ya están salvados por pertenecer a tal o cual grupo, congregación? La propuesta de una verdadera humildad está en buscarla en el corazón mismo de nuestra Iglesia: el punto principal en el cual giran las divinas enseñanzas de Jesús y el mandamiento del amor que encierra y comprende a los demás, está contenido en aquellas palabras evangélicas: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).  En otras palabras, siguiendo la espiritualidad eudista debemos ser el “quinto evangelio”. Seamos nosotros ese quinto evangelio escritos por fuera y por dentro como propuesta de humildad hoy.   

¿Cómo es mi relación con Dios y con las demás personas? Pero preguntémonos sobre la segunda parábola que nos increpa sobre el interés de nuestras relaciones ¿a quién invitamos al banquete?  Pero la segunda parábola, así como la primera, es una invitación a estar en perspectiva de vida eterna porque ahora estamos ante una propuesta de humildad. Si los invitados a la fiesta buscaron los primeros puestos, ahora se invita a los que tiene carencias. A pesar de contar con todas las facultades son incapaces de entregar su vida en la misma mesa del Señor. Viene una relación interesada de personas, donde se discrimina a las personas por su piel, por su estatus social, por su forma de vestir, porque no tiene la misma cultura, porque no tiene el mismo estudio; viene el interés del hombre por invitar a aquellos que nos puedan retribuir, pero acá ellos no pueden y ahí viene la enseñanza, sin poder ellos retribuir o devolver favores, el Señor da en abundancia, sin mirar la condición superficial del hombre, porque él conoce el corazón de las personas. San Juan Eudes, propone que «Durante nuestro tránsito por la tierra Dios nos ha señalado la misma vocación que infundió en los santos patriarcas, los santos profetas, los apóstoles y los mártires, los santos pastores y sacerdotes y todos los otros santos… Eran hombres como nosotros, hechos de carne y hueso, frágiles como nosotros, expuestos a los mismos peligros y tentaciones que nosotros… El que los hizo santos tiene un deseo infinito de santificarnos… Propongámonos caminar por la senda de los santos, leer y estudiar su vida, en especial los que tuvieron la misma profesión que nosotros, e imitémoslos» (San Juan Eudes, OC 11, 14.31.44).

 

En fin, humildad es andar en la verdad, nos dice santa Teresa, a los ojos del mundo, queremos orgullo, poder, dinero, prestigio, ser reconocidos, ser aplaudidos. La gran enseñanza de hoy es empezar a preguntarnos sobre nuestra vida, cuantas relaciones de orgullo tenemos nosotros en la vida, buscamos siempre ayudar a quienes nos puedan ayudar después, ¿tenemos relaciones interesada? A los ojos del señor lo que importa es ayudar, colaborar, servir. El señor es claro: la humildad es poner al servicio de los demás los dones, carismas, cualidades, todo lo que somos, no es para guardarlo, sino para poner al servicio de los demás lo que el Señor nos regala. Los tres estamentos de autoridad con humildad son: la sinodalidad como participación de todos, la colegialidad como expresión de la escucha y la deliberación en la toma de decisiones y, finalmente, el primado de Pedro como ejercicio de autoridad concluyente. El que es humilde es generoso, el que es generoso atrae la gente por caridad, como muestra de fraternidad. El papa Francisco propone en “Fratelli Tutti” una economía basada en principios éticos y al servicio de los pobres.

APORTE PASTORAL

Desde hace algún tiempo he ido reflexionando sobre los servidores en las comunidades. Creo que en este punto podemos invitar a que hagamos nuestras sugerencias como un examen personal de nuestra calidad en el servicio. Un verdadero servidor reconoce sus fallas, se deja evaluar y corregir en fraternidad; reconoce con modestia sus cualidades y dones que presenta al servicio de la comunidad; es una persona de perdón; no se coloca en la “elite espiritual” (término utilizado por el padre Benigno Juanes, Sj) para los servidores que ocupan puestos y caen en la tentación del orgullo, la prepotencia, el triunfalismo y que el señor les ha regalado carismas no para competir, sino para colocarlos al servicio de la comunidad, colocándose en los últimos puestos para ayudar; lo que hacemos no lo hacemos por “exhibicionismo”, sino por anunciar el mensaje del Señor; se “acepta” a sí mismo como es, pero trata de mejorar; acepta a los demás como son y los ayuda a crecer; acepta el plan de Dios, que discierne constantemente, dirigido o ayudado en los casos importantes; tiene como prototipo la imagen de María como imagen de humildad.   

CAMINO SINODAL

 Me parece apropiado para este día, traer una lectura de un sacerdote eudista Carlos Triana, Cjm, que nos enseñaba la manera coloquial de un sacerdote humilde que nos pinta la pluma del Espíritu Santo:

PINTAME UN SACERDOTE

Si quieres pintar un  buen sacerdote, es decir, un pastor según el corazón de Dios, despliega el débil lienzo sobre una mesa grande y pinta primero un templo con puertas bien abiertas y al lado, un rutinario domingo,deslizándose entre una humilde aldea.

Presiente luego el atardecer y ponle luz y colorido. 

Inventa un parque con toda clase de gente, bañada de noche y de bullicio.

Al rededor dibuja cosasbonitas, sencillas, olorosas y buenas.

 

Extiende tu lienzo en la calle más pobre de tu aldea

o en el caminito de la más  modesta ranchería,

y escóndete, sin decir nada, sin moverte,

sin hacer ninguna clase de ruido, con paciencia de artista.

 

A veces el clérigo visita con frecuencia estos sitios y puede llegar temprano.

A veces se tarda mucho tiempo. 

Pero tú no te desanimes.

Espera y espera aunque sea muchos años, si es que de verdad quieres lograr una excelente pintura.

 

Si el clérigo aparece, guarda el más hondo silencio, un silencio desafiante y

espera a que atraviese el parque con su rostro dominical.

Deja que salude a la gente de toda clase y que lo rodeen con toda suerte de preguntas.

Permite que disfrute las cosas bonitas, sencillas, olorosas y buenas que pintaste.

Y finalmente espera a que se escurra por el atrio y entre en la iglesia de puertas abiertas.

 

Cuando haya entrado, borra del templo, con tu pincel suavemente,

las columnas inmensas y las inmensas paredes.

Dale colorido a su traje clerical,

y pinta a su alrededor el olor del incienso, el repique de campanas, los glorias y aleluyas que resuenan en la piel.

 

Dibuja también  el polvo que se desliza por la atmósfera,

el sol del domingo que se mete en el alma,

el murmullo de los insectos y el llanto de los niños que resbalan, en brutal competencia, por los oídos…

y luego espera que comience a predicar.

Si no predica es muy mala señal. Es señal de que el dibujo es muy malo.

Si al predicar, solo tira montones de palabras y regaños en la cara de la gente, significa que el dibujo es mediocre.

Si exhorta y enseña con su palabra y con su vida, si quita las penumbras de los ojos, si habla con voz llena de estrellas y de lunas que convence, si llena los ojos de la gente de imágenes celestes, es buenísima señal. Es señal de que tu pintura se puede publicar.

Pero solo si el nombre de Jesucristo cae una y mil veces de sus labios y la gente siente el alba acumulada en sus pestañas, luces nuevas en su vida y ansias recientes en su corazón, podrás firmar.

Entonces tomarás una orla de su alegre manto y sobre ella escribirás tu nombre. Luego te irás a casa, salpicado de colores y untado de sudor, contento y agotado, a gozar la placidez de tu obra de arte.

Y un texto de Jesucristo Sacerdote, escrito por el Siervo de Dios Rafael García Herreros, que nos habla de la humildad como humillación en relación al sacrificio de la Eucaristía y el servicio sacerdotal:

 

¡Oh Jesucristo, esencial y único sacerdote de Dios!

 

Desde el abismo de mi nada, yo te adoro. Desde el fondo de mis imperfecciones, de mis infidelidades, me humillo ante Ti, confiando en Ti, ¡oh perfecto adorador de la Trinidad!

 

¡Oh universal sacerdote del Padre, Tú eres la Palabra inefable que cifra todo el ser de quien la pronuncia! Palabra viva y personal que rinde un honor infinito a Aquel cuya substancia expresa y de cuya Luz es resplandor.

Oh Jesucristo, consagrado por el Padre con un sacerdocio que no empezó en el tiempo,

sino antes de los siglos; ungido con óleo que no es ficticio, sino con el aceite del Espíritu Paráclito.

No usurpaste la honra, no te glorificaste a Ti mismo con el sacerdocio sin aurora y sin ocaso,

sino que tu vocación te la dio el que te dijo, en el hoy perpetuo de la eternidad:

“Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy”.

Desde entonces ejerciste un misterioso y abrumador sacerdocio: el de ser gloria adecuada de Dios.

Oh Verbo, que solo te encarnaste con un designio sacerdotal para ser una víctima pasible y divina, y para ser Sacerdote perfecto del Padre.

Porque no fuimos nosotros, polvo de pecado, telar de miserias, tu primera misión al entrar en el mundo, sino tu Padre, que debía ser adorado condignamente.

Porque viste que el hombre, aunque aniquilara el Universo, aunque inmolara su cuerpo y su alma en su intento de adorar adecuadamente la Divinidad, jamás, por sí mismo, lograría llegar al Infinito; jamás lograría aplacar la sed insaciable que tiene Dios de ser adorado.

¡Tú eres el Océano, el Infinito que respondes al Infinito!

¡Solo la inmolación de un Infinito proclama adecuadamente que solo Dios es digno de existir!

Oh Verbo, oh Hijo eterno y adorable que, al Sacerdocio de la Gloria, que ofrecía un sacrificio de alabanza, quisiste unir el auténtico sacerdocio de la humillación, con holocausto sangriento; y de ese nuevo Sacerdocio, fuiste ungido en el Seno de María no con óleo, sino con el Espíritu Santo.

 

Sacerdote y, al mismo tiempo, Hostia. Sacerdote santo, inocente, limpio. Hostia pura, santa e inmaculada.

Tu Hostia fue tu carne divina, tu carne humillada, unida a tu alma humana divinizada,

y unida con tu Ser divino de Verbo.

Te apropiaste un cuerpo y lo ofreciste una sola vez, agotando con tu perfecta ofrenda -el más bello hombre del Universo- la honorabilidad infinita de Dios, y expiando los pecados sin número de los hombres.

Y en la cruz, oh Sacerdote perfecto, proclamaste con tu holocausto infinito que solo Dios es digno de existir.

Oh Jesús, ese sacerdocio incomunicable y único lo prolongas, en el tiempo, en los que escogiste del mundo y que no son del mundo; en aquellos por quienes rogaste para que fuesen una sola cosa contigo y por quienes Tú te sacrificaste a Ti mismo.

Oh Cristo, ante el peso infinito de tu dignidad sacerdotal, continuada en ellos y en mí, ¿quién te podrá agradecer y amar dignamente? ¿Cómo podrá responder al Infinito? ¿Qué gritos, qué silencio, qué lágrimas, qué besos, qué agonía, qué rendimiento, qué pureza, qué palabra puede tener un hombre a quien Tú le confiaste tu propio misterio?

Por: Pbro. Wilson Javier Sossa López, cjm

Por: Pbro. Wilson Javier Sossa López, cjm

Sacerdote Eudista

 

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