Guías Homiléticas
 5 diciembre / II Domingo de Adviento
/ Ba 5, 1-9 / Sal 125 / Flp 1, 4-6.8-11 / Lc 3, 1-6 
Del Evangelio según san Lucas

En el año decimoquinto del imperio del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanio tetrarca de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: “Voz del que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios”.

Palabra del Señor

En el proceso del Sínodo que vive nuestra Iglesia tenemos que ser como el profeta Baruc que pronuncia un oráculo de esperanza. La primera lectura de hoy, ante una comunidad de exiliados, el profeta señala un proceso de renovación, pero sobre todo el discurso va dirigido a afligidos espiritualmente por el duro camino de los acontecimientos en el siglo VI a.C.: la destrucción de la nación, la muerte de muchos, la pérdida de la tierra es como un manto de oscuridad.

La segunda lectura es una oración de súplica, nuestra petición diaria debería ser como la de san Pablo: “Pido por Ustedes para que puedan discernir siempre el bien sobre el mal”. Discernir el bien es un pedido de san Pablo para la comunidad. Él es consciente que en la rutina puede perder la calidad de vida, de cualquier condición u opción, que exige la fe y la esperanza en la venida de Cristo. La oración es una invitación a permanecer fieles. El apóstol Pablo ora para que perseveren en la fe. La madurez en la fe es un proceso de crecimiento que exige crecer, no quedarnos adormitados, instalados, sino renovar nuestro compromiso todos los días.

El evangelio se escribe en un contexto teológico-histórico  para probar que la alegría es ahora, en un tiempo presente, es el nuevo comienzo de esa alegría. Aún en medio de situaciones adversas de pecado, de muerte, de dificultades para vivir la fe, aparece siempre la luz en medio de la oscuridad, como lo dice la primera lectura y el evangelio de hoy.

1) ¿Quiénes son las personas que parecen en el texto?

Tiberio: pugna por el poder en Roma. El imperio representa el poder roman, que usurpaba la soberanía de Israel. Representado por el emperador Tiberio y su gobernador en Judea, Poncio Pilato, el que pronunciará contra Jesús la sentencia de muerte. Recordemos el poder civil, que está estructurado a modo de pirámide: en la cúpula del poder se encuentra el emperador Tiberio, que ostenta el gobierno universal; debajo, Poncio Pilato, gobernador de la Judea; más abajo, hay una tetrarquía repartida entre Herodes, Filipo y Lisanio, quienes han debido conformarse con pequeñas parcelas de poder.

Anás y Caifás: a nivel religioso, representan la mala gestión de los sumos sacerdotes en la época del Señor.

Herodes: tiempo de violencia, terror, muerte. Explotaban doblemente al pueblo, una vez en su propio beneficio y otra para pagar el tributo de vasallaje al emperador.

Juan Bautista: aunque tenemos pocos datos de él, conservamos en nuestro corazón e imagen la figura de una persona que asumió un papel importante, preparar el camino, nunca usurpa el puesto del mesías, es considerado el último de los profetas en la línea del profetismo del Antiguo Testamento. En una palabra es el enlace entre lo antiguo y lo nuevo.

2) El bautismo en el Jordán

Expresemos un poco el papel de Jua, ya que no fue un representante más del movimiento bautista conocido entre esenios, azoreos y madeos. Tiene un carácter peculiar que lo identifica en la historia de la salvación como el que prepara los caminos de Cristo: Cristo está cerca, toca a la puerta, está entre los hombres; por lo tanto los invita a recibirlo en disposiciones concordes de su misión: “Conviértete”. Invita a reconocer el estado de pecado y disponerse a un cambio interior que tenga como fruto digno de esa “penitencia” una vida verdaderamente moral. Con el bautismo en el Jordán, Juan sella los sentimientos que con su palabra ha suscitado en sus oyentes y seguidores. El bautismo del Jordán marcará un comienzo nuevo en la vida de Jesús. Cristo enterró en las aguas del viejo Adán, el hombre pecador, se sumerge en las aguas del Jordán para purificarse y levantarse como nuevo Adán, nueva creatura. Es fácil hacer un acercamiento entre el descenso de los cristianos con Cristo al rio: “Cristo es bautizado, al tiempo descendemos y ascendemos con Él” (S. Gregorio Nacianceno, Oratio 39), y la fórmula de S. Juan Eudes: “Os adoro en los designios que entonces habéis dignado tener sobre nosotros (…) Él carga con nuestros pecados para sobrellevar el juicio de la Cruz”. (San Juan Eudes, O.C. I, 507).  La espiritualidad eudista nos ilumina sobre las renuncias, comentando el “renunció dos veces hace alusión a la antigua Liturgia del bautismo. Alude a la liturgia de Antioquía, la que, por otra parte, cita San Juan Eudes en sus obras. Pudo conocer esta liturgia por los comentarios de Severo de Antioquía, al cual remite Bérulle, pero también leyó su descripción en los escritos del Pseudo-Dionisio, autor que conoce muy bien y al que con frecuencia se refiere, como ya lo hemos notado. Se trata de la misma descripción y de la ceremonia en que el catecúmeno se voltea a Occidente y luego a Oriente con los mismos simbolismos.

AMPLIEMOS LA MIRADA

El Evangelista Lucas quiere contarnos un hecho evidente de las comunidades cristianas de su tiempo: Juan Bautista, también tenía seguidores: los bautistas y el texto describe el envío del profeta a preparar un camino de conversión continua, permanente. Es la invitación a enderezar caminos y ponernos en sintonía con el señor. Juan cumple su misión como voz que grita en el desierto, quiere decir que viene de allá, de lo inesperado, del silencio, un voz que no se escucha, no hace eco, porque en el desierto las personas que lo conocen, no se escucha a nadie ni nada, de ahí viene el pueblo de Israel, de ahí se señala que Juan Bautista no es el Mesías que ha de venir, pero prepara el camino, sin ser el camino, es el vehículo, prepara los corazones para que reciban al Señor de la historia. Por eso es el Espíritu Santo, que recibirá Jesús en el Jordán marcará el inicio de su misión, es el espíritu prometido por los profetas, estaba actuando en Él y en pro de la comunidad a la cual se dirigía y enseñaba. La gente que oía su testimonio se convertía, pero existe una gran diferencia entre el Bautista y Jesús, ya que el bautismo de Jesús no es solo de agua, sino Sean adoradores en espíritu y verdad” (Juan 4, 23).Esto es para no servirse de ninguna cosa, sino para su gloria y según su santa Voluntad, es su entrega y docilidad a la voluntad del Padre. Las persecuciones confirmaban su fe y su decisión de seguir anunciando el Evangelio en medio de dificultades marcará ese comienzo misionero en el Jordán, continuará en la ida o camino hacia Jerusalén hasta llegar a la muerte de cruz.

San Juan Eudes pues, es un maestro de la renuncia nos motiva en este sentido: «No nos pertenecemos a nosotros mismos (1 Co 6, 19) sino a Dios. Esto se da en la línea del “Contrato de Alianza del hombre con Dios en el bautismo” es la imagen del cristiano, hecha una nueva creatura por la acción de Dios y comprometido a lo largo de su vida en el cumplimiento de las obligaciones que nacen del bautismo. Revestidos de Cristo vivimos su vida. La vida del bautizado es “una marcha en una nueva vida”. J. Huby traduce así Rom 6, 5: “Si, en efecto hemos sido unidos a Él para crecer con Él reproduciendo su muerte, lo seremos también para reproducir su resurrección”. San Juan Eudes nos enseña a Renunciar y adherirnos, en su doctrina bautismal, nuestro Padre nos recalca el dinamismo pascual que estamos llamados a vivir: RENUNCIAR Y ADHERIR. En «Vida y Reino», él habla de cuatro renuncias:

  1. Renuncia al pecado porque se opone diametralmente a Dios,
  2. Renuncia al mundo porque es el orden de cosas que excluye a Dios,
  3. Renuncia a nosotros mismos, porque tenemos que darle prioridad a Dios, y no obstaculizar su acción en nosotros
  4. Renuncia aun a los goces espirituales que podemos experimentar en la vida religiosa

Se trata de Renunciar a todo eso, de manera que llegando a ser libres, podamos adherir completamente al Señor.

A los sacerdotes de manera especial les recuerda esta renuncia: «ustedes no se pertenecen», nos grita. Tanto por el bautismo como por el orden sacerdotal, nuestra vida debe ser una continua renuncia. (San Juan Eudes, OC III, 207).

El segundo movimiento propio de la espiritualidad eudista es “Adherirme a Ti, como a mi Cabeza amabilísima y adorabilísima; hacer una clara profesión de seguirte en la santidad de tu vida, de tus sentimientos, de tus virtudes, de tus máximas y de tus santas voluntades; y vivir sólo en Ti y por Tí. (“San Juan Eudes, Contrat de l´Homme avec son Dieu par le saint Baptême. 2, 240-242).

“Conviértete” (metanoite- metanoia)

Invita a reconocer el estado de pecado y disponerse a un cambio interior que tenga como fruto digno de esa “penitencia” una vida verdaderamente moral. Con el bautismo en el Jordán, Juan sella los sentimientos que con su palabra ha suscitado en sus oyentes y seguidores. Por el acontecimiento mesiánico del bautismo, Jesús pone de manifestó cuál es el sentido de su misión, que no es otra que eliminar el pecado como potencia que domina a los hombres e inspira sus obras y restablecer la justicia y el dominio de Dios sobre ellos, bautizándolos en el espíritu. Esa renovación desde dentro tiene su manifestación externa porque se “abajan los montes”, se llenan los valles, se endereza lo torcido y se iguala lo escabroso (Bar 5,7). Se liman asperezas, se suprimen desigualdades y se acortan distancias para que la salvación llegue a todos. La humanidad transformada es la humanidad reconciliada e igualada, integrada en familia de fe: “los hijos reunidos de Oriente a Occidente” (Bar 5,5). Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Así Cristo inaugurá solemnemente su misión: los bautizados por Juan tienen la disposición requerida en la “conversión” y están dispuestos a oírle: preparen sus corazones, preparen el cambio es ahora, es en el hoy de nuestras vidas.

Aporte pastoral

En la línea de la misión del profeta, es el Espíritu de Dios que está sobre el profeta y es fuerza que le anima a anunciar la liberación y la buena noticia a los pobres (Is 61, 1-3). Esta misma línea está en congruencia con Juan Batista que no usurpa el lugar del Mesías, prepara el camino, invita a la conversión de los pecados y nos invita a renunciar al pecado, para adherirnos a Jesús. La formación de Jesús en nosotros no es otra que dejarlo ser en nosotros como Él quiera. Jesús asume todo lo humano (visto desde el Evangelio de Lucas), se encarna totalmente en nuestras vidas, en nuestras miserias y grandezas, y les da nuevo sentido. Tal vez este nuevo sentido sea el proceso del sínodo, una Iglesia que escucha y se dispone a dejarse guiar por el Espíritu Santo. Por tanto, quiero a modo de síntesis presentar tres retos hoy:

  1. La vocación en una comunidad y su carisma se va descubriendo en la medida que nos confrontamos con la opción por una comunidad.
  2. La centralidad es Jesús: nosotros nos enamoramos no de una ideología, ni un libro… sino de la fuente de la verdad.
  3. La fidelidad al carisma en las comunidades debe ser el motivo principal para integrar una comunidad y el motor de la vida fraterna.
Por: Pbro. Wilson Javier Sossa López, cjm 
Sacerdote Eudista

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