LOS LAICOS NO SON CLÉRIGOS EN MINIATURA


Son muchos los desafíos, no obstante, todos estamos invitados “a la confianza y a la participación. Viviendo un auténtico kairós, un tiempo de gracia”.

“Tengamos muy presente, como nos ha dicho el Papa Francisco, que el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. Ojalá respondamos con entusiasmo”, acotó.

¿Qué se entiende por renovación en clave sinodal y ministerial?

La verdadera renovación es la que brota de la reforma. Es verdad que la idea de “reforma”, desde el siglo XVI, se viene vinculando a la Reforma Protestante iniciada por Lutero y por eso en la Iglesia católica se ha preferido hablar de “renovación”.

Sin embargo, el término “reforma”, referido a la Iglesia, se ha retomado en el lenguaje del Vaticano II y de la teología conciliar y postconciliar, y ha sido empleado decididamente por Benedicto XVI y Francisco.

Reformar es volver a la forma originaria (re-formare). ¿Dónde encuentra la Iglesia su forma originaria? En la identificación con el modelo que es Cristo. Por eso la verdadera renovación viene de la re-forma, de la experiencia del Resucitado, que nos configura, y que solo posible en el Espíritu.

La sinodalidad se inscribe en esta línea. Nos remite a la identidad de la Iglesia, a su forma originaria, a la unidad en Cristo y entre todos los cristianos. Y a la vivificación por el Espíritu. Esto proporciona un enorme dinamismo porque nos impulsa a la misión evangelizadora, a ser Cristo en medio del mundo.

Es el ministerio, el servicio, fundamental. Por tanto, la renovación en clave sinodal es fruto de la necesaria reforma, donde encontramos la identidad como Iglesia y la coherencia como cristianos. Solo así podremos tomar las decisiones correctas.

Sinodalidad, un término fácil en teoría, difícil en la práctica, ¿cómo avanzar hacia ese camino sin causar cismas?

Sínodo significa ‘caminar juntos’. ¿Nos resulta difícil? Tal vez en la Iglesia hayan crecido excesivamente el individualismo, el localismo y el nacionalismo. Con sus consecuencias de soledad, aislamiento e insolidaridad.

El egoísmo es anticristiano. Pero en el Pueblo de Dios no hay fronteras. Todo hombre, toda mujer, hijos de Dios y redimidos por Cristo, son verdaderamente mis hermanos. La Iglesia es mi hogar, mi familia.

No se trata, por tanto, de juegos políticos, ni de luchas ideológicas, sino de discernimiento en el Espíritu; no se trata de poder, sino de vida en Cristo. La ruptura viene cuando no hay amor (recordemos que Jesús nos ha dejado el amor como único mandamiento).

En el amor verdadero hay siempre impulso de vida, superación, unidad. Sería bueno releer y meditar el magnífico himno a la caridad de la Primera Carta a los Corintios, capítulo 13.

Se dice que el clericalismo es una traba, no obstante, en el imaginario de muchos laicos impera esa tendencia (apología) clericalista, ¿cómo superar ese obstáculo sin llegar a extremos?

Efectivamente, el clericalismo es un gran obstáculo a superar. Tiene dos principales concreciones. Por una parte, está la hipertrofia de la función clerical: cuando los clérigos realizan todas las funciones, no solo las propias del servicio sacerdotal y mantienen a los laicos en una permanente “infancia”, como simples espectadores o, en ocasiones, como peones o incluso como meros consumidores de sacramentos.

Pero también tenemos que muchos laicos no quieren o no pueden asumir responsabilidades en la Iglesia: bien porque no se sienten o no están preparados o bien porque no quieren complicarse la vida. Entonces aparece el peligro de crear élites de laicos y de entender su participación como “privilegio” o como “poder”.

Los laicos nos son “clérigos en miniatura”. Todos debemos tener muy claro que la implicación del laico no es una concesión del párroco o del obispo, sino un derecho y un deber de su realidad como cristianos, que brota del Bautismo. Es decir, se trata de una indudable responsabilidad. Propongo cuatro pilares: formación, participación, acompañamiento y, siempre, oración.

¿En esto de la sinodalidad cómo quedan definidos los roles del sacerdote, del obispo y el laico?

Sinodalidad no significa asamblearismo o parlamentarismo. No se trata de fundir o anular los carismas, sino de caminar juntos, de aportar no de limitar, de enriquecer no de anular. Cada uno desarrolla su propio carisma, don del Espíritu puesto al servicio de la Iglesia. No se trata de que el laico anhele otros roles, de que obispo deje de ser obispo, o de que el presbítero abdique de su servicio.

No es cuestión de introducir el criterio político o de que todo deba decidirse por medio de votos. Existe una igualdad básica como bautizados (todos somos necesarios, incluyendo los márgenes, las periferias), pero también hay diferencia en cuanto a vocación y carisma.

No se trata de que unos sean mejores o peores que otros, o que estén por encima o por debajo. Sencillamente se trata de que son diversos los carismas. Vividos en unidad de fe y de amor, enriquecen a la Iglesia.

Si falta esto, se entra en competición o incluso en enfrentamiento. El proceso sinodal, escuchándonos unos a otros y todos al Espíritu, nos ayudará a vivir en coherencia nuestra identidad cristiana. En unidad pluriforme.

¿Qué se puede aprender de la Iglesia de América Latina y el Caribe en materia de sinodalidad?

En América Latina y el Caribe se ha recorrido ya mucho camino. Les felicito por ello. El proceso sinodal, coordinado conjuntamente con la Asamblea ya en marcha supondrá para ustedes un impulso y una profundización en lo ya logrado, porque el proceso debe considerarse como un todo.

Ahora yo les invito a pensar también en la Iglesia universal. A considerar atentamente, desde su reflexión y experiencia, qué pueden ofrecer y cómo pueden ayudar a la Iglesia que peregrina en otras partes del mundo.

Sobre todo, en lo que se refiere a la comunión, a la participación y a la misión. Criterios, acentos, peligros a evitar, opciones, logros, medios, estructuras. Piensen en universal, dilaten el corazón. Su aportación es importantísima. Y este fraterno compartir nos enriquecerá, sin duda, a todos.

Sobre el proceso sinodal iniciado en Alemania, ¿será tomado en cuenta en el Sínodo sobre sinodalidad que inicia en octubre?

La sinodalidad es más amplia que sus concreciones. Es decir, la sinodalidad se va concretando de distintas maneras y en diversas formas. Si hablamos a nivel general, una cosa es el Sínodo de los Obispos, otra los sínodos nacionales o diocesanos, otra las asambleas sinodales. A nivel diocesano tenemos el Consejo Episcopal, los consejos pastorales, etc. Y podemos discernir y establecer nuevas formas.

Me refiero a que no hay un modelo único y común: hay pluralidad. El proceso sinodal que se lleva a cabo en Alemania es un proceso autónomo, como los que se desarrollan en otras naciones y regiones o en diversas diócesis. En todos se debe mostrar y testimoniar la pluriforme unidad de la Iglesia. Estoy seguro de que todos los procesos de verdadera sinodalidad, orientados a la evangelización y en comunión con Pedro, contribuirán siempre al bien de la Iglesia.

 Por: Monseñor Luis Marín de San Martín
Fuente:PRENSA CELAM

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