Guías Homiléticas
 septiembre / XXIII Domingo Ordinario	
/ Is 35, 4-7a / Sal 145 / St 2, 1-5 / Mc 7, 31-37 
Del Evangelio según san Marcos

Llegó el día en que Jesús, yendo de camino a los pueblos de la región de Cesarea de Filipo, les preguntó a los discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?”.
Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista, otros dicen que Elías y otros que alguno de los profetas”. Él entonces les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro le contestó: “Tú eres el Mesías”. Él les prohibió que se lo dijeran a otros.
Después empezó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho, ser condenado en el sanedrín por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, padecer la muerte y resucitara los tres días. Esto se lo decía ya claramente.
Pedro lo llamó aparte y empezó aponerle reparos. Jesús se volvió y, delante de los demás discípulos, reprendió así a Pedro: “¡Déjame seguir mi camino, Satanás, que tus ideas no son las de Dios sino las de los hombres!”.
Entonces Jesús llamó a toda la gente, junto con sus discípulos, y les dijo: “Si alguien quiere venir conmigo, renuncie a sí mismo, cargue su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará”. 

Palabra del Señor

La fe o amistad de confianza entre Dios y su pueblo. Este es el tercero de los poemas del Siervo de Yahvé del Deutero-Isaías, en el que se describen las vejaciones del Siervo. La religión del siervo es más interior, sincera, fundada en el sufrimiento expiatorio, que le permite hacer con Dios una Alianza nueva y universal. Este sufrimiento expiatorio permite al siervo establecer con Dios una alianza nueva, de alcance universal. El siervo es presentado unas veces de manera personal (bajo los rasgos de Jeremías) y otras de forma colectiva (bajo los rasgos de Israel perseguido por los paganos).

El que espera en un Dios bueno e indulgente, no podrá mostrarse duro e implacable con los demás. Para enlazar con el Evangelio: aunque Cristo se refirió explícitamente una sola vez al Siervo sufriente (Lc 22,37; Is 53, 12), la tradición primitiva advirtió múltiples semejanzas: ya desde el Bautismo, la vocación mesiánica de Jesús aparece como la del “Siervo-Hijo”. Las curaciones realizadas por Cristo ponen de manifiesto su función de Siervo expiatorio. La figura del siervo sufriente es el que va a encarnar en Cristo todo el paso por el sufrimiento y por la muerte para realizar su designio.

¿Quién dicen que soy yo?

La fe sin obras no sirve para nada, la fe con obras como actividades, como pastorales activas y por el bien de la humanidad, son amores y no buenas razones, apoyadas en la fe y discernidas en la comunidad, son capacidad de Dios en medio de la comunidad. Apoyémonos en la fe que es la que nos hace capacidad de Dios para realizar obras como las suyas en medio de nuestro mundo hoy. En todos los domingos de este mes de septiembre se leen, como segunda lectura, apartes de la carta de Santiago. Se trata de un texto muy realista, a veces rudo e implacable contra cualquier incoherencia o ruptura entre la fe y la vida.

Una vez más, el texto quiere mostrar la identidad de Jesús (el secreto mesiánico). Él mismo les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”. El Señor ya no quiere respuestas preparadas, grabadas de memoria, dichas por otros, exige una fe que debe crecer sin instalarse en una imagen agradable o conveniente del Señor. Cuántos de nosotros buscamos seguir la imagen, buscamos lo que nos conviene, nos dejamos llevar por el personaje, líder, pastor y no por lo que debe ser en realidad el seguimiento de Jesús: una experiencia. Así es como a la pregunta de Cristo, sucede la confesión de fe o profesión de fe de Pedro, es decir, la adhesión, el seguimiento del Señor, esperanza de la humanidad, universal… está representado en la persona de Pedro, pues es el anhelo de todo hombre por saber, conocer, experimentar, seguir y plantearse retos cada vez más grandes en relación a su crecimiento en la fe.

¡Apártate de mí, Satanás!

Al parecer Pedro una y otra vez debe purificar ese seguimiento, debe pasar de un mesianismo político, davídico, pasar del rostro de uno en quien se tiene fe por ser el ungido, el hijo de David, el candidato al poder y dominación, según el profeta Natán (cfr. 2 S 7). Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”. El amor por «lo suyo» convierte a Pedro en enemigo del hombre (Satanás no aparece nunca en la Biblia como el adversario de Dios, sino como el acusador, el adversario o el enemigo del hombre). Y precisamente porque su «idea no es la de Dios, sino la humana». Este rechazo es duro de aceptar, pero es necesario que nosotros veamos sus enseñanzas pedagógicas y de ahí sacar los frutos para nuestra lectura espiritual. Sucede ahora el rechazo al camino de entrega y hasta de muerte que Jesús plantea a todo discípulo. Dos cosas ocurren en el fondo, en el pensamiento de uno que “tiene fe” pero no quiere creer en ella:  Pedro (figura de todo creyente) no quiere morir a su modo de pensar según el mundo y por ello no puede asociar el camino de la liberación y salvación al dolor y a la entrega.

En el fondo, tiene su propia vida y trata de disuadir al Maestro (como lo ha hecho el diablo en Mt 4) de seguir un camino que conlleve la donación de la vida con dolor. Lo que observamos cuidadosamente, es una fe sí, pero insuficiente… una profesión de fe que se convierte en símbolo de todo seguidor, en ejemplo de vida… a una fe que asume retos insospechados, que traspasa el tiempo y el espacio, porque se convierte en “modelo” de todo seguidor que no debe dejarse llevar por respuestas hechas y acomodadas a solo criterios humanos, sino de acuerdo a Dios, siempre creativo y nuevo. Pero pasa a una negación, insuficiente, en lenguaje actual no nos alcanzó la gasolina, no alcanzó el aceite en la lámpara encendida, es el riesgo de todo Pedro, que nos representa a cada uno, si no dejamos crecer esa fe se corre el riesgo de morir, si no somos capaces de alimentarla con un corazón generoso, orante, celebrando la fe, corremos el riesgo de perderla, no sería duro encontrarnos con personas que fueron grandes faros en la fe y ahora están sumidos en la oscuridad de increencias y vagos razonamientos, e incluso ateos prácticos y alejados de todo acto comunitario y celebrativo de la fe.

Llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. Esta exigencia o requisito es la enseñanza, el reto de todo seguidor, dar la vida, Pedro representa a todo aquel que debe pasar por titubeos, por negaciones, por arrepentimientos, por crisis de fe, por sentirse hundirse ante la mirada silenciosa de Jesús… pero lo importante es que llego a ser el líder, el guía, a quien se le confío la Iglesia.

Aporte pastoral

La lámpara de aceite simboliza estar preparados para el encuentro con el Padre, apoyados en Jesús. La flama corresponde a la luz del E.S. recibida en nuestro bautismo, y significa nuestra fidelidad a Dios. Todos los cristianos debemos ser fieles a Dios viviendo nuestra consagración bautismal en la vida diaria, y para quienes han contraído matrimonio, esta fidelidad se extiende a la relación mutua entre los esposos. Las personas que consagran su vida a Dios a Dios en el servicio de su pueblo, han de ser fieles a los compromisos que escogieron vivir, según su carisma propio. Este carisma abarca una espiritualidad particular o vivencia de un rasgo especifico de Jesús, como su amor a los pobres, su profetismo, su vida célibe… proyectada en una misión específica, como la atención a los enfermos, l oración por el mundo, la lucha por los derechos humanos…

El cuentico del árbol desalentado, de Enrique Izquierdo González, es muy iluminador, recordemos este cuento que muchos de Ustedes conocen: “Había una vez en un lugar, que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo…, un hermoso jardín con mangos, naranjos, aguacates, y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos.

Todo era alegría en el jardín, excepto un árbol que se sentía profundamente triste porque «No sabía quién era ni para qué servia.» Lo que le faltaba era concentración. Le decía el mango: “Si realmente lo intentas, podrás tener sabrosos mangos. ¿Ves qué fácil es?» – “No lo escuches, -reclamaba el rosal- es más sencillo tener rosas; y ¿ves qué bellas son?” Y el árbol triste y desesperado intentaba todo lo que le sugerían, y como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado y desalentado… Un día llegó hasta el jardín un búho, la más sabia de las aves, y, al ver la desesperación del árbol, le aconsejó: – No te preocupes, tu problema no es tan grave; es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. Yo te daré la solución: «No dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas… Sé tu mismo, conócete, y para lograrlo, escucha tu voz interior». Y, dicho esto, el búho desapareció. -“¿Mi voz interior…? ¿Ser yo mismo…? ¿Conocerme…?” -se preguntaba el árbol desesperado-. Cuando de pronto, cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior que le decía: «Tú jamás darás mangos, porque no eres un mango, ni darás bellas rosas cada primavera porque no eres un rosal. ERES UN ROBLE. Y tu destino es crecer grande, frondoso y majestuoso, dar cobijo a las aves, sombra a los excursionistas, belleza al paisaje, madera noble para muebles y obras de arte. Tienes tu propia misión. ¡Cúmplela!». Y desde entonces el árbol -antes triste y desalentado- se sintió fuerte, seguro de sí mismo, y feliz, y se dispuso a ser todo aquello para lo que había sido creado. Así, poco a poco, fue llenado su espacio y fue admirado y respetado por todos. Sólo entonces él y el jardín fueron completamente felices.

Por: Pbro. Wilson Javier Sossa López, cjm 
Sacerdote Eudista

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