EL LLAMADO A ISAÍAS: EL MODELO IDEAL DE VOCACIÓN PARA NUESTRO TIEMPO


En los diferentes relatos que conocemos en el texto bíblico, es común que la experiencia de vocación, el llamamiento de Dios, sea el inicio de una historia. El libro de Jeremías inicia con el llamamiento a Jeremías, igualmente pasa con Jonás, con Daniel o con Ezequiel. De la misma manera se conoce a los grandes hombres como Abrahán, Moisés, los discípulos de Jesús o Pablo, cuyas historias comienzan siempre con el relato del llamamiento de Dios.

Al llegar al profeta Isaías, nos encontramos con una linda particularidad y es que el relato en su libro no comienza con la vocación del profeta, sino que este llamamiento solo aparece hasta el capítulo 6. ¿Qué pasó allí? ¿Hay algo de especial en Isaías? ¿Por qué la historia no empieza con el llamamiento? ¿Por qué el llamado de Dios a Isaías aparece en el libro solo hasta el capítulo 6?

Para poder responder a esta pregunta, es necesario revisar el contenido del texto en los primeros 5 capítulos. Al hacer una lectura cuidadosa, descubriremos que allí se describe el estado de descomposición, maldad y perversión en el que vive el pueblo hebreo mientras transcurría el siglo VIII a.C. Estos son tiempos muy difíciles, en donde el ambiente es el de una religión bullosa y vistosa, muy atractiva, pero seca y sin resultados, como también lo denuncian profetas como Amós, Miqueas y Oseas, quienes narran las circunstancias que se están viviendo y nos ayudan a entender lo que acontecía en ese momento, con la religión hebrea.

¿Qué hace entonces Dios con Isaías? Antes de decirle “te necesito”, “quiero que seas un instrumento en mis manos”, Dios toma a Isaías y lo lleva para que recorra todo el panorama, las circunstancias políticas, religiosas, económicas, sociales, todo lo que se vive en Judá y en Jerusalén, como capital del Reino.

El llamado de Dios a Isaías aparece solo hasta el capítulo 6, porque primero Dios le lleva a recorrer todo el panorama difícil que se vive. Por eso es necesario revisar los primeros 5 capítulos del libro, en donde se describe la particular dinámica del siglo VIII a.C., un siglo en el que se pervirtió el propósito de Dios con el pueblo.

Un acercamiento a Isaías, junto con los demás profetas del siglo VIII a.C., nos deja ver los problemas de injusticia social que estaban presentes en los diferentes contextos del pueblo hebreo. Estos fenómenos eran similares en los reinos del Norte y del Sur (Israel y Judá), una sociedad descompuesta, opresores que trituraban el pueblo y apartaban el derecho a los oprimidos, haciendo que finalmente el pueblo fuera llevado cautivo.

La crisis provocada por estos fenómenos, los llevó a ser un pueblo deteriorado y desdibujado, se había formado una sociedad de clases en la que los pobres debían acudir a la figura financiera que conocemos hoy como “crédito”, y gracias a ello se encontraban amenazados por la esclavitud temporal, mientras que había ricos que disponían de una casa espléndida, campos y fuerza de trabajo.

La “gente importante” tenía sus manos llenas de sangre, los regidores eran bandidos, aliados con bandidos, no buscaban el derecho, ni ayudaban al oprimido; no protegían al huérfano, ni defendían a la viuda.

Por eso Jerusalén es llamada ramera, una ciudad en donde antes habitaba el derecho y la justicia, mas ahora está llena de asesinos.

Los dirigentes aman el soborno y van tras las recompensas; estas son acciones equivocadas y desorientadas en las que existe culpa y por lo tanto no son miradas como pecado en una perspectiva religiosa, sino más bien son consideradas como delito en un sentido social.

Dios hace que Isaías conozca esta situación, que perciba las injusticias y las arbitrariedades de los jueces –que no son pocas–, hace que conozca la corrupción de las autoridades, la codicia de los latifundistas y la opresión de los gobernantes, quienes pretenden tapar todo con una falsa piedad, abundando además en prácticas religiosas.

Pero por su parte, la situación religiosa del pueblo no es mejor, por un lado, sacrificios abundantes, holocaustos, se ofrecen animales gordos, sangre de toros y de corderos; hay ofrendas, incienso; se celebra el sábado, las asambleas y las fiestas religiosas; levantan las manos en medio de sus cultos, mientras repiten oraciones; pero por otro lado hay maldad, falta de juicio y sus manos están llenas de sangre. Es entonces cuando Dios advierte:

Estoy hastiado de holocaustos y ofrendas, no me complazco cuando vienen a presentarse delante de mí, no sigan trayendo más ofrenda vana; el incienso me es detestable. No soporto iniquidad mezclada con el culto. Sus lunas nuevas y sus fiestas solemnes las aborrece mi alma; son una carga para mí, cansado estoy de llevarlas. Cuando extiendan sus manos yo esconderé mis ojos de ustedes; asimismo si multiplican la oración, yo no escucharé; sus manos están llenas de sangre. (Is 1, 12-14).

Esa mezcla entre iniquidad y culto, es lo que provoca la ira de Dios, al punto de advertir drásticamente sobre las consecuencias de este actuar. El texto advierte que se trata de una mezcla decididamente reprochable, causal suficiente para condenar, pues se trata de una mezcla que, en últimas, solo pretende sobornar a Dios. No importa cuánto mal se haga, mientras existan los ritos religiosos que permitan compensar para ser limpiados. Pero el texto deja claro el pensamiento de Dios, a manera de conclusión al final del v. 13: no soporto; iniquidad y culto.

Entonces, ante este lamentable panorama, Dios decide actuar: “…tomaré satisfacción de mis adversarios y me vengaré de mis enemigos; y volveré mi mano contra ti; purificaré al máximo tus escorias, y quitaré toda tu impureza” (Is 1, 24-25).

En ese punto, el Señor anuncia la venida del día de YHWH, un día destinado para castigar toda conducta perversa y torcida, un día destinado a juzgar a los malos, pero también un día para recompensar a las víctimas de la injusticia y para la restauración del pueblo. Y entonces lanza una serie de advertencias contra el malvado, los que se apoderan de las casas y de los campos de quienes no alcanzan a pagar los grandes tributos. Advierte a los que madrugan de mañana en busca del licor y hasta tarde en la noche el vino los enciende; los que llevan su iniquidad a punta de engaño; los que dicen a lo malo bueno y a lo bueno malo, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que ponen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo; los que son sabios ante sus propios ojos y que son prudentes delante de sí mismos; los que son valientes para beber vino y hombres fuertes para mezclar bebidas; los que justifican al malvado por soborno, y le quitan al justo su derecho.

Y concluye con una sentencia muy clara contra los que decretan leyes injustas y promulgan decretos de opresión, privando del juicio a los pobres y apartando el derecho a los oprimidos; contra aquellos que, tras ser sobornados, justifican al malvado y así quitan al justo su derecho.

El día del Señor vendrá sobre todos estos, a pesar de que se trate de prácticas sociales aprobadas por el pueblo y por las leyes de los hombres y a pesar de que el pueblo termine diciendo: “eso es bueno”, “eso está bien”.

Los primeros 5 capítulos son entonces una descripción de la lamentable situación que se vive, pero antes de desatar el juicio y el castigo contra la nación, Dios confronta al profeta y le pregunta: “¿Has visto, Isaías, todo lo que ocurre?”. Pregunta a la que Isaías habría podido responder como cualquier hombre moderno: “Sí, Señor, esto esta terrible, no hay esperanza, entremos en depresión y en angustia”. Isaías habría podido simplemente sentarse a llorar, pero no, más bien cuando Dios pregunta ¿qué haré, Isaías?, ¿quién irá?, aparece esta maravillosa respuesta del profeta. ¡Heme aquí, Señor, envíame a mí!

No es ilógico que el llamado a Isaías solo aparezca hasta el capítulo 6, si consideramos que es solo después de que el profeta se enfrenta a todas las corrupciones del pueblo, cuando comprende su llamamiento, o cuando su llamamiento toma relevancia. Es ahora cuando Isaías toma conciencia de su llamado y de su misión y cuando se hace consciente del alcance de su ministerio.

Si este pueblo se encuentra en un avanzado estado de descomposición, si el proyecto de Dios se encuentra camino al fracaso, si las esperanzas de los habitantes de Judá se han esfumado, es entonces el momento de anunciar una esperanza de salvación. Es necesario restablecer el orden y la confianza y es necesario que el pueblo retome sus principios.

Era imposible que Isaías hubiera respondido ¡Heme aquí, Señor, envíame a mí!, si primero no se da cuenta de la situación tan lamentable por la que está pasando el pueblo.

De esta manera, el llamamiento de Dios a Isaías debe convertirse en el modelo ideal de llamamiento de Dios para nuestros días. Muchos son los que están esperando que un ángel se les aparezca, o una experiencia espiritual extraña que les motive a salir. Pero Dios nos permite vivir hoy en un contexto de tristeza, desolación, corrupción y maldad, mientras sigue preguntando ¿a quién enviaré? ¿quién ira?

Dios necesita hombres que se sensibilicen ante la necesidad, ante el dolor, ante la angustia y la tragedia. Hombres y mujeres que no soporten la mentira, la maldad, el engaño, la hipocresía. Hombres y mujeres capaces de decir, heme aquí, Señor, estoy dispuesto a ir, estoy dispuesto a ser un instrumento de transformación, estoy listo a ser un hombre, una mujer, a través del cual tú hagas presencia en este mundo.

Permita Dios que se levanten Isaías en el siglo XXI, así como hubo uno que se levantó en el siglo VIII a.C., como símbolo de esperanza y signo de salvación nacional.

Por: Prof. Dr. Milton J. Martínez M.
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